Autor: Arturo Escobar, profesor University of Massachusetts, en Amherst
Publicado en: Revista Internacional de Ciencias Sociales. Número 154.
Comentario por: Alejandro Mantilla, profesor Universidad Nacional de Colombia
Frase escogida: “el desarrollo debe analizarse a partir de su régimen discursivo, el cual se constituye a su vez como un régimen de representación del otro, el cual es...construido como subdesarrollado, reproduciendo y dándole continuidad a una genealogía de concepciones occidentales sobre África, Asia y América Latina”.
Comentario:
En la década de los noventa Fredric Jameson nos llamó la atención sobre como la actual condición de posmodernidad en la que nos encontramos inmersos traía como rasgo particular una extraña primacía de los prefijos “neo” y “pos” como parte de la designación de categorías y conceptos propias del saber académico, así como en el desarrollo del quehacer artístico1; también advertía que a pesar de que la modernidad también pensó compulsivamente lo nuevo, lo postmoderno busca rupturas, acontecimientos, antes que nuevos mundos, el instante revelador en que nada vuelve a ser lo mismo, así como las variaciones y los cambios irrevocables en la representación de las cosas y como estas cambian2. El propósito de este escrito consiste en identificar las tensiones y complejidades de la relación entre Antropología y desarrollo, partiendo del trabajo “Antropología y desarrollo” del pensador colombiano Arturo Escobar, tomando como herramienta de hipótesis la tendencia ya mencionada a través de Jameson: la configuración de dos campos (antagónicos si se quiere) el posdesarrollo, el cual se configuraría a partir de lo que Escobar denomina “Antropología del desarrollo”, así como un neodesarrollo que a su vez tendría sus bases en la practica de la llamada “Antropología para el desarrollo”.
El debate entre lo que hemos llamado neodesarrollo y posdesarrollo refleja buena parte de las intrincadas relaciones antropología-desarrollo, relaciones en las que sin duda se configuran rupturas, así como se sugieren cambios irrevocables en la representación de las cosas. Pero lo más importante de todo es que también se denota la posibilidad de la emergencia de nuevos mundos y nuevas realidades por construir cotidianamente, en particular por las comunidades y pueblos del otrora llamado tercer mundo; emergencia de nuevos mundos donde antropólogos y antropólogas tendrán mucho que aportar, mucho que decir, aunque también mucho que escuchar.
Antropología y desarrollo: relaciones problemáticas
La antropología nos ha aportado dos grandes enseñanzas: el carácter histórico de toda formación social y el carácter arbitrario de todo orden cultural. Si tenemos en cuenta que esta disciplina nace en el contexto colonial y teniendo como “objeto” de estudio a los previamente catalogados como “salvajes” o “primitivos”, al adentrarnos en la riqueza de las dos enseñanzas fundamentales tenemos que cuando la antropología busca definir tanto los rasgos de su propia historicidad, como la arbitrariedad de su propio saber cultural desembocará en el cuestionamiento de la noción fundadora de ella misma: occidente. Cuestionamiento que revela una tensión que pareciera indisoluble: la antropología cuestiona a occidente pero al mismo tiempo no puede escapar de la producción de saber y la epistemología occidental.
En ese marco se puede entrever el primer nexo antropología-desarrollo: si consideramos el carácter histórico de lo social y lo relacionamos con el nexo antropología tradicional-colonialismo, tenemos que como resultado del proceso de descolonización y la simultanea aparición del discurso del desarrollo finalizada la segunda guerra mundial, se vislumbra un nuevo nexo: desarrollo-antropología contemporánea. Los antropólogos debían jugar un rol determinante en el proceso de desarrollo, entendido como preparar el terreno para reproducir en el tercer mundo las condiciones que caracterizaban a los países del primero: industrialización, urbanización, tecnificación de la agricultura, etc. Proceso que aparecía como negador de la diferencia, homogenizador de las culturas del planeta y determinador de un alto grado de intromisión social, política y cultural.
Para muchos antropólogos el desarrollo era un concepto problemático y poco preciso, por lo que se generaron diversas posturas y debates que desembocaron en los años 90 en dos corrientes predominantes Antropología para el desarrollo y antropología del desarrollo.
Antropología para el desarrollo o neodesarrollo
Para Escobar la cuestión del desarrollo continua sin ser resuelta por ningún modelo social o epistemológico moderno, lo cual le ha sumido en una crisis irresuelta hasta ahora a la cual la antropología para el desarrollo (en adelante APD) intentó responder. Para Michael Cernea las desviaciones conceptuales, etnocéntricas y tecnocentricas de los proyectos del desarrollo han sido altamente perjudiciales para las comunidades. La APD buscará erradicar tales distorsiones criticando los enfoques verticalistas de orientación económica e inyección de capital o tecnología que ya se habían mostrado como un gigantesco fracaso. A su vez se destacó la importancia de la problemática social y cultural de los pueblos como referente obligado, la tarea del antropólogo es la de ser capaz de relacionar sociedad, cultura y desarrollo. Es desde este momento que los expertos empiezan a reconocer la importancia de la participación comunitaria activa en los procesos de desarrollo, tomando además como referente permanente la adecuación cultural de los proyectos puntuales.
Partiendo de tales observaciones, el discurso de la APD propicia una dinámica de institucionalización de los antropólogos en el seno de las instituciones para el desarrollo; el saber antropológico pasa a ser una herramienta para las instituciones, y los antropólogos pasan a desempeñar el papel de funcionarios a su servicio, lo cual se revelará como un factor crucial a la hora de evaluar las relaciones antropología-desarrollo. El rol que cumplirían estos funcionarios era el de actuar como intermediarios culturales entre la institución y la comunidad, para darle mayor viabilidad a los proyectos.
Al hacer un análisis critico de la perspectiva de la APD tenemos que esta postura revela el carácter histórico del desarrollo, mostrándonos como este se adapta permanentemente a las problemáticas que surgen históricamente; no es casualidad que durante medio siglo el desarrollo hubiese mutado permanentemente: del simple termino desarrollo se pasó a hablar de desarrollo humano y de ahí a desarrollo sostenible. La APD refleja un momento de mutación del desarrollo. Se puede decir que el desarrollo es en esencia neodesarrollo en la medida en que logra acoplarse a las realidades que le demandan los tiempos en los que se desenvuelve desplazando sus límites y contrayéndose, en la medida en que el límite es el propio desarrollo, significante que no llega a ponerse en cuestión.
La APD se acopla a las necesidades históricas del desarrollo, cuestionando su significado pero sin cuestionar el significante; por esto mismo contribuye a reinventar el desarrollo, entendido como neodesarrollo. La postura que si llegó a cuestionar el significante desarrollo, será conocida como Antropología del Desarrollo, la cual como veremos a continuación, se configura como posdesarrollo.
Antropología del desarrollo o posdesarrollo
La APD partía del saber antropológico y económico tradicional aplicado a la viabilidad de los proyectos desarrollistas. Por el contrario la antropología del desarrollo (ADD) ha partido del corpus teórico postestructuralista. La ADD retoma la idea según la cual el lenguaje y el discurso no son un reflejo de la realidad social, sino constituyentes de la misma, el discurso y el lenguaje producen la realidad, razón por la cual el desarrollo debe analizarse a partir de su régimen discursivo, el cual se constituye a su vez como un régimen de representación del otro, el cual es “orientalizado” como diría Said, construido como subdesarrollado, reproduciendo y dándole continuidad a una genealogía de concepciones occidentales sobre África, Asia y América Latina3, que actúa como representación, o como diría Deleuze “de la indignidad de hablar por los otros” 4.
El discurso del desarrollo ha sido visto como un discurso neutral, así como algo natural e incuestionable. Se ha hablado de desarrollo sin cuestionar su estatus ontológico, se ha usado el concepto sin problematizarlo, se ha cambiado su significado sin apelar a desmantelar el significante, la idea básica del desarrollo ha permanecido inalterada.
En ese marco, la ADD cuestiona el régimen de representación del tercer mundo que trae consigo el discurso del desarrollo, observando de que manera es un resultado de procesos históricos determinados, no como algo natural e inevitable, así como identificarlo como una forma cultural concreta que implica unas practicas especificas que han asumido diversas formas según el momento histórico (no es lo mismo el desarrollo de los 50 con el desarrollo sostenible de hoy); asumiendo además que si el desarrollo es una invención es posible desinventarlo.
El desarrollo contiene una dinámica donde se entrecruzan producción de formas de conocimiento, relaciones de poder, instituciones del desarrollo y practicas desplegadas. Analizar la relación conocimiento-poder implica entonces analizar a los técnicos y a las instituciones del desarrollo antes que a sus “beneficiarios”, como lo hacia la APD, denunciando de que manera el técnico no aplica un discurso o unas practicas neutrales, sino que estas se encuentran inmersas en unas relaciones de poder y subordinación dadas. Lo anterior lleva también a repensar de que manera el desarrollo influye en la construcción de la identidad de los pueblos.
En ese sentido aparece la noción de posdesarrollo, concepto que sugiere reaprender a ver la realidad en África, América Latina y Asia, permite preguntarnos ¿cómo pensar sin el desarrollo?, permite plantearse el reto de construir comunidad sin partir del desarrollo. A su vez el posdesarrollo permite visibilizar la experiencia de resistencia de los pueblos y las comunidades frente al desarrollo, la economía y la modernización. De esta manera el posdesarrollo contribuye a reafirmar el valor de las experiencias alternativas y las nuevas formas de pensar y concebir la vida social.
Antropología y desarrollo hoy: hacia la disolución de la división teoría-practica
Quienes hacen parte de la APD consideran que la critica posestructuralista es insuficiente pues conduce a una falta de compromiso en un mundo que necesita del aporte antropológico. Privilegiar el discurso implica no tener en cuenta la realidad de la pobreza y el subdesarrollo, pues este no es un problema de lenguaje es un problema histórico. Los ADD consideran que su enfoque no mira de soslayo la materialidad de las relaciones de poder, de la historia, la cultura y la identidad por el contrario las resaltan y se constituyen en los núcleos de sus estudios. Por lo anterior se afirma que el punto débil de la APD es la ausencia de una teoría que permita una intervención eficaz a favor de los pobres y no una mera retórica sobre su situación, mientras que en el caso de ADD su principal carencia estriba en la dificultad de convertir su critica en un accionar político concreto.
En los últimos años, muy a pesar de la discusión anterior algunos como Gardner y Lewis han hablado de un encuentro entre APD y ADD propiciado por una llamada “crisis posmoderna” (que el texto no explica) de la antropología y del desarrollo, por lo que resulta fundamental que los antropólogos trabajen estableciendo una conexión entre conocimiento y acción.
Un buen ejemplo de esta tendencia contemporánea es el trabajo de cuatro antropólogos de distintas partes del mundo: June Nash que trabaja en Chiapas, Gustavo Lins Ribeiro que trabaja en el Brasil, Stacey Pigg que trabaja en Nepal y Hvalkof en el amazonas peruano. Estos profesionales han logrado compenetrarse con las comunidades y desarrollar lo que podríamos llamar un proceso de Investigación Acción Participativa donde buscan combinar la autonomía comunitaria y cultural con el desarrollo de estructuras que les permitan mejorar sus condiciones de vida . Al mismo tiempo, se pretende mostrar de que manera el discurso y la practica del desarrollo puede ser adaptado para satisfacer las necesidades de las comunidades, Pigg hablará de “Nepalización” del desarrollo para su caso de estudio.
Hvalkof ha señalado que esta nueva manera d entender la relación antropología-desarrollo requiere de tres componentes que son los que en suma definirán la actuación de los antropólogos a futuro: a) un marco teórico conceptual complejo, b) una etnografía relevante y c) un compromiso político constante de apoyo a las comunidades.
Lo que podemos evaluar del trabajo de las y los antropólogos citados nos lleva a desembocar en dos conclusiones provisionales que probablemente reflejen oposiciones entre si : Por un lado podríamos pensar que la práctica antropológica actual ha superado la pugna entre APD y ADD, en aras de asumir una visión que de cuenta de la complejidad de las problemáticas, teniendo como referente fundamental tanto el bienestar como la autonomía de las comunidades (dualidad esta que desemboca en grandes tensiones en no pocos casos); por otra parte, tal vez lo más indicado sea no mirar de soslayo las enseñanzas de la ADD, para pensar de otra manera, lo cual redundará en plantearnos las problemáticas que aquejan a las comunidades y a los pueblos subordinados sin partir de paradigmas desarrollistas: olvidémonos del desarrollo, pensemos más allá de su discurso, y superemos sus directrices.
Estas tensiones solo serán resueltas en el ámbito de una practica antropológica emparentada con el devenir histórico de los pueblos y las comunidades; como lo plantea Arturo Escobar parafraseando a la antropóloga malasia Wazir Jahan Karim: “la alternativa no tiene porqué ser una disyuntiva excluyente, lo que está en juego parece bien claro, la antropología necesita ocuparse de proyectos de transformación social si no queremos vernos simbólicamente disociados de los procesos locales de reconstrucción e invención cultural...”.
Para concluir, creemos que se revela fundamental plantear nuevos paradigmas que apunten tanto a superar la división teoría-practica, como a permitirnos pensar de una nueva manera construyendo dicho pensamiento en interacción con las comunidades, así como atendiendo a sus esperanzas, sus necesidades, sus retos y reafirmando su autonomía. Por tal razón, creemos necesario reseñar nuevamente las palabras de Wazir Jahan Karim, cuando plantea el reto de la “reconstrucción de la antropología orientándola hacia las representaciones y luchas populares, proyectándolas al nivel de teoría social, de otro modo la antropología continuará siendo una conversación en gran parte irrelevante y provincial entre académicos del lenguaje de la teoría social occidental”.
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Notas
1 No es casualidad que hablemos de posmodernismo, economía neoclásica, neoinstitucionalismo, sociedad posindustrial, neodadaismo, neoexpresionismo, postestructuralismo, etc.
2 Cf. Fredric Jameson, “Teoría de la posmodernidad”, Trotta, Madrid, 1996.
3 Cf Arturo Escobar, “La invención del tercer mundo, construcción y deconstrucción del desarrollo”, Norma, Bogotá, 1998, p 24 y ss. Traducción de Diana Ochoa.
4 Cf Gilles Deleuze, Michel Foucault, “Un dialogo sobre el poder”, en Michel Foucault, “Un dialogo sobre el poder”, Madrid, Altaya, 1994, p 7 y ss, Traducción Miguel Morey.


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