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"Días extraños",

etnologia @ 22:37 Tags:

Maristella Svampa

31/03/2008

(Puede encontrarse una versión más corta de este artículo en el diario
Crítica de la Argentina, 31/03/2007)
Días extraños y no menos intensos nos ha legado la última semana de
marzo. Frente a la escalada del conflicto entre el gobierno y el
campo; frente a su desborde y su pasaje a otros registros, no faltó
sector, partido, organización social, intelectual, trabajador o vecino
que no haya alzado su voz, expresando su posición al respecto. En sus
ramificaciones inesperadas, el conflicto rompió abruptamente con la
apatía de una sociedad, que sólo cinco meses antes votara en
elecciones presidenciales, luego de la campaña política más insípida
de las últimas décadas. En sus ramificaciones inesperadas, el
conflicto fue sumando niveles y proyectando otros temas, que
enrarecieron peligrosamente el clima político de esos días. Entre
tantas derivaciones, me gustaría detenerme en tres temas: la lectura
sobre los cacerolazos, la reactivación de un esquema binario de la
política, y la discusión acerca del paradigma productivo.

Los cacerolazos

¿Cómo interpretar los cacerolazos realizados a partir del martes 26,
especialmente en la ciudad de Buenos Aires? Es innegable que los
cacerolazos tuvieron un carácter de clase, pero resultaría engañoso
avalar la lectura unidimensional que hizo el gobierno. Sin ir tan
lejos, y aunque hegemonizados por las clases medias urbanas, las
cacerolas de diciembre del 2001 manifestaron el repudio de amplios
sectores sociales a la política del gobierno de entonces, y más
precisamente, se constituyeron en una expresión espontánea de repudio
al discurso autoritario y autista del presidente De la Rúa.  Esas
cacerolas de entonces, no hay que olvidarlo, estaban bastante
indeterminadas ideológicamente, por no decir cargadas de ambivalencia,
y fue solo después, con el surgimiento del movimiento asambleario, que
tomaron una dinámica política determinada. Pero, más allá de la
indeterminación ideológica, esas mismas cacerolas dejaron una marca
orgullosa en la memoria de muchos argentinos de clase media, sobre
todo porteña. Esa marca, nos guste o no, forma parte ya de la cultura
de la protesta, y puede ser reactivada ante determinados conflictos,
independientemente de sus clivajes ideológicos. La dirección que luego
adopten dependerá de la dinámica  política que se instale entre los
diversos actores en juego y el propio gobierno.
Lo cierto es que el sobretono de la presidenta, exhibido el martes 26
de marzo, despertó la indignación y la animosidad de muchos argentinos
-que probablemente no la votaron-, pero que decidieron salir a
repudiar lisa y llanamente su actitud, munidos menos de un discurso
elaborado o de una consigna definida, que de una sospecha, un
malestar, una impugnación común que nuevamente se expresó a través del
ruido ensordecedor de las cacerolas, cuando no del golpeteo furioso
propio del ahorrista estafado. Así, sería lamentable caer en la trampa
de las interpretaciones lineales, afirmando que los cacerolazos fueron
el fruto de la conspiración de golpistas trasnochados o la expresión
sin más de la defensa del "campo". Había más, mucho más, en esa suerte
de magma ideológico que tantas veces atraviesa a nuestras tumultuosas
clases medias. El gobierno debería tomar nota de ello y sumarlo al
análisis del resultado de las últimas elecciones, ya que la fórmula
del oficialismo obtuvo baja votación en aquellos distritos donde los
índices de pobreza son menores. Esto es, un porcentaje no menor de las
clases medias, cuya volatilidad política suele ser mayor que la de
otros sectores sociales, y pese al actual auge del consumo, le habrían
dado la espalda.
Por último, más allá de las "cadenas de mails" que llamaban a
manifestarse (cuya eficacia, presumo, habría que relativizar), una vez
más la espontaneidad estuvo del lado de la crítica, de la oposición, y
en ningún momento del lado del gobierno. Más aún, aquellos que
consideran las retenciones como una medida positiva (y sin duda lo es,
por encima de su carácter indiferenciado y no coparticipativo), no
encontraron ni tuvieron el espacio desde el cuál manifestar ese apoyo;
a menos que uno decidiera alinearse junto con las "masas encuadradas"
de los piqueteros K o las huestes de Moyano. Convengamos que el
rechazo a estas alternativas no tiene que ver strictu sensu con
consideraciones de tipo clasista, sino con la naturaleza misma del
vínculo que estas organizaciones mantienen con el gobierno: la
dependencia, la subalternidad, la instrumentalización.

El esquema binario

El segundo tema al cual quiero referirme es de naturaleza
histórico-política. En  estos días asistimos a la súbita reactivación
de un esquema binario de hondas raíces históricas, una matriz
dicotómica a partir del cual se pretende obtener una mirada abarcadora
y omnicomprensiva de la política argentina. Así como el cacerolazo
debe ser comprendido dentro de la memoria corta, la matriz binaria
debe entenderse en el marco de la memoria larga de los argentinos:
Civilización o Barbarie, Pueblo versus Oligarquía, Peronismo o
Antiperonismo, no hay que olvidarlo, estuvieron en otros tiempos entre
sus consignas más ilustrativas.
Como nos lo recuerda la historia argentina, dicho esquema conduce a
una peligrosa reducción de la política, reactiva los prejuicios
clasistas y racistas más elementales, desplazando al conflicto en un
registro que queda fuera de toda disputa democrática. No lo ignoraba
D´Elía cuando entró a la Plaza de Mayo para expulsar a los caceroleros
al grito de "patria sí, colonia no" o cuando habló abiertamente del
odio  a la oligarquía y el desprecio social de éstos hacia los
"negritos". Tampoco lo desconocían las señoras de Palermo o de
Recoleta, cuando hacían sonar frenéticamente su cacerola o los oyentes
que llamaban a las radios para expresar un cúmulo de invectivas
clasistas y racistas contra el peronismo. Como dijo Ionesco, acaricia
un círculo y éste se hará vicioso. Algo de este círculo vicioso fue lo
que enrareció peligrosamente el clima político de estos días. Y como
nuestra historia, además de ser trágica es, en ese sentido, rica y
colorida en hipérboles y sobreconflictualizaciones, resulta fácil caer
en la trampa del círculo.
Digámoslo de modo más riguroso: la inserción de las oposiciones en una
matriz binaria tienden a absorber, monopolizar y distorsionar las
figuras de la división: así la polarización rápida desdibuja los
matices, conspira contra el llamado a la diversidad y todo parece
reducirse a una colisión entre dos bloques monolíticos. Aclaro que
nadie sostiene que no haya antagonismos irreconciliables, pero éstos
están lejos de reflejarse en la oposición "campo/gobierno" o de
resumirse en la imagen de las dos Argentinas. En realidad, no hay una
ni dos, sino muchas Argentinas en conflicto. Pero ante la polarización
y puesta en escena de un esquema binario, como el que sobrevoló estos
últimos días, todo intento por diversificar las opciones y complejizar
los posicionamientos y antagonismos, termina por caer en saco roto. Lo
saben en carne propia aquellas izquierdas que acudieron a la plaza,
para apoyar el paro agropecuario al tiempo que exigían la reforma
agraria… No sólo los noteros televisivos, tan proclives al pensamiento
binario, los miraban como si fueran marcianos recién desembarcados;
también se ganaron la burla presidencial… Burla injusta, hay que
decirlo, pues el gobierno estuvo entre los primeros en caer entrampado
–y en promover- el círculo vicioso.
Resulta curioso que Luis D´Elía, quien fue sin duda el personaje que
enunció de la manera más simplificadora y autojustificativa el
carácter binario de la confrontación, se haya acordado recién ahora de
la reactivación de los prejuicios clasistas y racistas de una buena
parte de la sociedad argentina, si en realidad lo que él denuncia
tiene un precedente reciente, bajo  gobierno kirchnerista, quien fue
el responsable político de la demonización de las organizaciones
piqueteras disidentes. Ironías de la historia, el antiguo piquetero
devenido en "soldado" del gobierno, no hace más que probar la medicina
que el oficialismo ya utilizó para con sus hermanos de clase…

El paradigma agrario

El tercer tema se refiere, claro está, al carácter genérico de la
expresión "campo". Como se ha venido recordando en estos días, desde
mediados de los ´90, asistimos al desarrollo de nuevas tramas
productivas en el agro argentino, que modificaron bruscamente el
modelo local de organización de la producción. Este nuevo modelo, que
se caracteriza por el uso intensivo de biotecnologías, de acuerdo a
stándares internacionales (semillas transgénicas a través de la
siembra directa), colocó a la Argentina como uno de los grandes
exportadores mundiales de cultivos transgénicos. Lo cierto es que,
para muchos, su éxito inicial no sólo está relacionado con el
agotamiento del modelo anterior, sino con su capacidad "relativa" por
articular diferentes actores económicos: mientras que en el sector
semillero aparecen las grandes empresas multinacionales (como
Monsanto) y unos pocos grandes grupos económicos locales, en el
circuito de producción surgen otros actores económicos, entre ellos
los "terceristas" (los que cuentan con el equipamiento tecnológico),
los "contratistas", suerte de "productores sin tierra" (entre las
cuales se incluyen los pooles de siembra y los fondos de inversión), y
por supuesto, los pequeños y medianos propietarios, muchos de ellos
rentistas. ¿Esto significa entonces que, dada la heterogeneidad de
actores que asoman en el nuevo mapa agrario, dicho modelo tendría la
particularidad de salir de una dinámica de "ganadores y perdedores",
propia de los ´90?
Los reclamos de los pequeños y medianos productores parecieran indicar
que el modelo, tal cuál aparece hoy, está lejos de ser inclusivo. A
esto hay que añadir, los desplazamientos de campesinos e indígenas que
desde hace años se llevan a cabo en ciertas provincias situadas en la
llamada "frontera agrícola" (las áreas marginales), como Santiago del
Estero y Salta, cuyos reclamos no aparecen en la agenda de ninguna de
las organizaciones agrarias hoy movilizadas. Asimismo, no hay que ser
ambientalista para constatar que el aumento de la rentabilidad en el
cultivo de transgénicos viene acompañado del avance de la
desforestación y el monocultivo intensivo. Ello, sin contar lo que
supone la sojización del modelo productivo en términos de renuncia de
la soberanía alimentaria, o, en otro nivel, de  posibilidad de
independencia y desarrollo tecnológico, vista la tendencia a producir
sólo commodities y no productos con valor agregado.
Así, el nuevo paradigma de producción agraria está lleno de puntos
ciegos, que involucran una serie de problemáticas muy arduas y
complejas, cuya discusión y crítica todavía aparece reducida a unos
pocos especialistas, algunas organizaciones no gubernamentales y los
movimientos indígenas y campesinos. Pero el debate social sobre sus
implicaciones como vía del desarrollo, apenas está en sus inicios. Tal
vez la mentada puja entre el "campo" y el "gobierno" pueda contribuir
a generar un verdadero debate social sobre las implicaciones de un
paradigma productivo, que a no dudarlo, engloba mucho más que a los
productores agrícolas, supera la discusión acerca del tamaño de la
unidad productiva o el porcentaje de retenciones que debe cobrar el
Estado, y pone en tela de juicio la actual visión productivista y
lineal del desarrollo, que predomina tanto en el gobierno como en el
conjunto de los actores del nuevo modelo.
Un comentario final. En estos días extraños y tan intensos llegó a mis
manos un libro que acaba de editarse en Francia y conoce ya un gran
éxito de ventas. Su autora es una conocida periodista, Marie Monique
Robin y el título del mismo, El mundo según Monsanto. Libro
perturbador, si los hay: a través de una exhaustiva investigación, la
autora nos va develando minuciosamente la historia de Monsanto, la
firma más emblemática de la agroquímica mundial, a quien pertenece
nada menos que el 90% de los organismos genéticamente modificados
cultivados en el mundo, y controla por ello gran parte del paquete
agrotecnológico que, entre otros, está obligado a utilizar el llamado
"campo argentino".
La historia de Monsanto está marcada por un número importante de
errores fatales que, más allá de las condenas judiciales y del
conocimiento de su nocividad por parte de la firma, no obstaculizaron
durante un buen tiempo la difusión y venta de productos sumamente
perjudiciales para la salud de la población y del medioambiente. La
lista de estos productos es larga, y me permito por ello retomar el
resumen del prologuista del libro, Nicolás Hulot: "el PCB, que sirve
de líquido refrigerante y lubrificante y cuya nocividad es devastadora
para la salud humana y la cadena alimentaria, prohibido luego de
constatar la contaminación masiva ; la dioxina, de la cual bastan
solamente pocos gramos para envenenar toda una ciudad, y cuya
fabricación también será prohibida, desarrollado a partir de un
herbicida de la firma, que será la base del tristemente célebre Agente
Naranja, el desfoliante arrojado sobre las selvas y aldeas vietnamitas
(lo que permitirá a Monsanto obtener en el Pentágono el contrato más
grande de su historia); las hormonas de crecimiento lechero y bovino
–primer banco de ensayo de los organismos genéticamente modificados-,
cuyo objetivo es hacer producir al animal más allá de sus capacidades
naturales, más allá de las consecuencias vistas sobre la salud humana;
el herbicida Roundup, presentado como biodegradable y favorable al
ambiente, afirmación contradicha por las decisiones de la justicia en
Estados Unidos y Europa"…
Días extraños y no menos intensos… La fusión inesperada entre la
memoria larga (el esquema binario) y la memoria corta (los
cacerolazos) produjo una escalada de efectos nefastos, desdibujó los
matices y redujo peligrosamente el espacio del antagonismo. Mientras
tanto, la discusión acerca de las complejas dimensiones que hoy
recubren el concepto de "Desarrollo", tanto a nivel social, ambiental
como en términos económicos y tecnológicos, continúa siendo un tema
ausente de la agenda política.

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Por favor, si utiliza la información que se brinda en esta lista, cite la/s fuente/s. Gracias.
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