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Cuerpos juveniles, políticas de identidad

etnologia @ 04:25 Tags:

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En consecuencia, los que se resisten o se rebelan contra una forma de poder no pueden satisfacerse con denunciar la violencia o criticar una institución... La cuestión es: ¿cómo se racionalizan seme­jantes relaciones de poder? Plantearla es la única manera de evitar que otras instituciones con los mismos objetivos y los mismos efec­tos, ocupen su lugar.

MICHAEL FOUCAULT, Tecnologías del yo.

Las grandes revoluciones históricas han inventado, entre otras cosas, los cuerpos ciudadanos, en el sentido de modelar según los esquemas de los proyectos triunfadores, cómo debía de ser este cuerpo en sus dimensiones públicas y privadas.[1] El cuerpo caliente y masculino de la Grecia clásica, el cuerpo frío y negado de la época victoriana, el cuerpo disciplinado de la Europa protestante, el cuer­po sufriente de la tradición judeo-cristiana, el cuerpo andrógino de la sociedad de consumo, el cuerpo virtual de la era tecnológica. Cada período y cultura ha definido los atributos de los cuerpos y luego los ha modelado a través de lo que Foucault denominó los dis­positivos de vigilancia y control (1976).

El cuerpo es el vehículo primero de la socialidad, de su conquis­ta y domesticación depende en buena medida el éxito o el fracaso de un proyecto social. Hoy, cuando la secularización y el flujo de informaciones han puesto en crisis la hegemonía de un modelo único, las sociedades parecen debatirse, en términos generales, entre dos grandes narrativas. De un lado, el cuerpo liberado y obs­tinadamente «joven», con su parafernalia de tratamientos, ejerci­cios y modas donde «lo joven se libera de la edad y se convierte en un imaginario» (Martín Barbero, 1998); el cuerpo como expresión del espíritu de una época en la que «el abdomen de lavadero», en el caso de los varones y «el ombligo perfecto» que requiere la moda femenina, se convierten en persecución itinerante tras ese cuerpo juvenil convertido en nueva deidad del consumo. De otro lado, el cuerpo pecador castigado por la ira divina a través del sida, metá­fora de la derrota del cuerpo.

Entre estas grandes narrativas sociales y las concreciones empí­ricas que asumen los cuerpos jóvenes, media la biopolítica, cuyo objetivo es el sometimiento del cuerpo a una disciplina que lleva a la optimización de sus capacidades y al incremento de su utilidad (Foucault, 1976). Hoy los grandes conflictos de la biopolítica[2] apun­tan en varias direcciones, unas de carácter metafórico (el cuerpo decadente del Estado Nacional), otras, articuladas por el mercado (el consumidor como cuerpo anónimo y domesticado) y otras más, derivadas de la tensión cambio-continuidad, representados por los conflictos, en torno a la moral pública (el aborto, la preferencia sexual, el uso del condón, etc.). En relación con los jóvenes interesa destacar cinco grandes áreas a propósito de la biopolítica: las dimensiones raciales, la pobreza, el consumo, la moral pública y la dimensión de género.

1. Biopolitica racial y pobreza

Los signos ominosos del regreso del discurso de la pureza racial, toman por asalto los espacios mediáticos, no se trata de referencias históricamente lejanas, sino de dramáticas historias que se verifican cotidianamente. La ola expansiva de los movimientos juveniles racistas cuyo foco había estado centrado en la Europa central y representados por los skinheads alemanes e ingleses y por los blous­son noir franceses, entre otros movimientos de este corte y que ahora de maneras confusas y ambiguas se han extendido por el mundo, no constituyen -todavía-- el principal problema de una biopolítica racial excluyente, en el caso de América Latina. El pro­blema más grueso radica en la traducción de la discriminación racial al estatuto de políticas públicas que cierra la pinza de un imaginario que la modernidad no logró erradicar: el de una superior i-dad anclada en la diferencia racial, también llamada «supremacía».[3]

La exclusión anclada en elementos raciales y étnicos, es desafor­tunadamente una cuestión vigente. Basta atender las estadísticas educativas, laborales y de salud en el caso de México para corrobo­rarlo. A la dimensión étnica hay que añadir la pobreza como un aspecto creciente que configura ámbitos de exclusión. De condi­ción estructural la pobreza ha pasado a ser pensada y tratada como categoría sociocultural, es decir, criterio de clasificación que define oportunidades, cancela expectativas y modela culturalmente los cuerpos de quienes no caben en los «nuevos» territorios neoliberales. Operación histórica que no obstante se vuelve hoy más visible por la presencia de unos medios de comunicación[4] que no sólo actúan como cajas de resonancia para la sociedad sino que se han transformado en actores decisivos para la configuración de modelos sociales que rivali­zan con las instancias y los discursos socializadores «tradicionales» (la escuela, la familia, la parroquia, el libro de texto, entre otros).

En relación con los jóvenes, la biopolítica de la pobreza ha cons­truido una asociación entre la condición y una disposición a la vio­lencia. En los cuerpos «pobres» de los jóvenes se inscribe un imagi­nario vinculado a la delincuencia. Se trata de cuerpos ingobernables en la medida en que han sido abandonados por la mano protectora de la sociedad que se ve «traicionada» por unos padres y un ambien­te que, en su misma condición de pobreza, son incapaces «natural­mente» de socializar adecuadamente a los niños y a los jóvenes. Tras este imaginario socialmente construido se oculta la idea-valor del sometimiento y domesticación paulatina de los cuerpos ciudadanos y el papel de control que se le asigna a la familia.

La ingobemabilidad requiere de mano dura, del sometimiento por la fuerza. En las campañas de exterminio de niños y jóvenes de la calle en el Brasil (Valenzuela, 1997), en las campañas y discusio­nes legislativas para reducir la edad penal en diferentes países (Reguillo, 1996), en los reglamentos municipales que expulsan selectivamente a los jóvenes de los espacios públicos y del manejo infor­mativo adjetivado que abunda en calificaciones, se despliegan los argumentos que justifican la vigilancia, el control y la represión contra los insumisos que dejan de ser «rebeldes» y se transforman en «peligrosos» mediante la apelación a un discurso que se extiende y se normaliza. Pero como el mismo Foucault (1979) señaló «a todo poder se oponen otros poderes en sentido contrario», lo que signifi­ca en términos analíticos, que el estudioso de las culturas juveniles debe atender también los movimientos de respuesta a los discursos y dispositivos de control y exclusión.

Si algo caracteriza a los colectivos juveniles insertos en procesos de exclusión y de marginación es su capacidad de transformar el estigma en emblema (Reguillo, 1991), es decir, hacer operar con signo contrario las calificaciones negativas que les son imputadas. Por ejemplo, la dramatización extrema de algunos constitutivos identitarios como el lenguaje corporal en el caso de los cholos fron­terizos como en las bandas juveniles del centro-occidente de México; la transformación a valencia positiva del consumo de dro­gas como prueba de «virilidad» y desafio a las «buenas concien­cias»: «los mariguanos somos guadalupanos», viejo graffitti, que mediante la sustitución de uno de los términos (mariguanos por mexicanos), no sólo desafía y se burla, sino que convierte el estigma de la droga en un elemento de identificación nacional y religiosa; y, también, el aumento del prestigio y del status al interior de ciertos colectivos juveniles a medida en que crece el expediente carcelario. Elementos todos que apuntan a una inversión simultáneamente lúdica y dramática de los valores socialmente dominantes. Resulta fundamental, no obstante, analizarlos en sus arraigos empíricos, lo que permite captar los diferentes planos de expresión y compren­der, con rigor, las múltiples articulaciones que dan forma al interior de un colectivo y su ineludible vinculación con el resto social. Es decir, se trata de moverse tanto al interior de los colectivos juveniles como en el exterior, en tanto movimiento complementario y no excluyente.

2. La liviandad de los cuerpos o la biopolitica del consumo

La popular canción del grupo mexicano de rock Caifanes, «Afuera tú no existes, sólo adentro», refiere con bastante propiedad el impacto que la lógica del mercado ha tenido sobre los cuerpos: en el consumo todo, fuera del consumo, nada. El crecimiento de una industria globalizada dedicada a la producción de bienes y mercan­cías para los jóvenes es pasmoso: ropa, zapatos, alimentos, discos, vídeos, aparatos electrónicos, canales de televisión por señal (MTV es el mejor ejemplo), frecuencias radiofónicas, fanzines y revistas, se ofertan no sólo como productos sino como «estilos de vida». La posesión o acceso a cierto tipo de productos, implica acceder a un modo particular de experimentar el mundo que se traduce en ads­cripciones y diferenciaciones identitarias. Los productos no son solamente vehículos para la expresión de las identidades juveniles, sino dimensión constitutiva de ellas. La ropa, por ejemplo, cumple un papel central para reconocer a los iguales y distanciarse de los otros, se le transfiere una potencia social capaz de establecer la dife­rencia en lo que una mirada superficial puede leer como homoge­neidad en los cuerpos juveniles.

Hoy como nunca hemos entrado a una fase acelerada de produc­ción social de formas estéticas masivas. El mercado apoyado por una industria publicitaria que propone patrones de identificación estética globalizada, es lo suficientemente hábil para captar y rese­mantizar los pequeños o grandes giros de la diferencia cultural. Así el look MTV, que atraviesa el continente americano de punta a punta, con su estilo «desenfadado, espontáneo, infantil y al mismo tiempo sexy», confiere a sus portadores el efecto ilusorio de una diferenciación a través de la introducción de marcas y distintivos, por un lado, nacionales, pero de manera más importante, vincula­dos a los distintos tipos de adscripciones identitarias y colectivos juveniles, desanclados de la dimensión espacial cuyo sentido estaría dado por lo que Anderson denomina «comunidades imaginarias» (1983). Lo más importante en este sentido es que en el plano de la estética vinculada al consumo puede hablarse sin exagerar de «naciones juveniles», con sus propios mitos de origen, sus rituales, sus discursos y sus objetos emblemáticos. La estética punk, la estéti­ca surfo o deportiva, la estética rasta o neo-hippie, el rap y el estilo metalero, entre otras muchas formas expresivas juveniles, y las múl­tiples y complejas mezclas y superposiciones entre ellas, le otorgan a los bienes tanto materiales como simbólicos un valor que subordi­na la función a la forma, al estilo.

Un analizador de estos elementos es el caso de los zapatos tenis. Se trata de una industria millonaria y expansiva. Por ejemplo, la Nike cuenta con poco más de 43.000 empleados en el mundo y reportó en 1997 ventas por 9,2 billones de dólares, lo que representó un incremento del 42 % con respecto a 1995. En el caso de América (Canadá, México, Centroamérica y Sudamérica), Nike ha incremen­tado sus ventas en 44 %, en un año. La diferencia de ventas en Europa, los Estados Unidos y lo que la misma empresa llama «las Américas», indica por supuesto la capacidad diferenciada de consu­mo.[5] Pero aquí interesa enfatizar el impacto que «hacer existir» el cuerpo juvenil a través del consumo, tiene en el continente. Para ello, reproduzco textualmente el discurso de la Nike, en torno a «las Américas», texto que aparece en la página de Internet de esta em­presa:

Éste puede ser el capítulo más corto de nuestro informe, pero pensamos que algún día ustedes deberán releer esta parte como el capitulo uno. Si Europa es nuestro todavía adolescente en desarrollo, y Asia y el Pacífico nuestro precoz jovencito, entonces la región de las Américas, conformada por Latinoamérica y Canadá, es nuestro sere­no niño que empieza a andar. Una región repleta con una enorme población menor de 25 años con un ferviente amor por los deportes. Nuestra clase de pueblo.[6]

La popularidad de los zapatos tenis entre los jóvenes trasciende el campo deportivo; se han convertido en marca distintiva y central­mente, sobre todo en los sectores populares, en marca de poder, como aparece ya esbozado en el estudio realizado entre bandas juve­niles a finales de la década de los ochenta.[7] Pero lo más dramático de esta situación que demandaría replantear los estudios sobre el con­sumo juvenil se experimenta desde hace varios años en Venezuela.

El fetichismo que se está desarrollando en los barrios con las botas de marca llega a tal extremo que la mayoría de los jóvenes que hemos encontrado muertos en los últimos dos años estaban descal­zos. En nuestras operaciones de recorridos de barrios hemos encon­trado ranchos donde no hay ni siquiera un catre donde dormir, pero donde paradójicamente encontramos estantes cerrados con varios candados, en los que los azotes guardan, contra las malas intencio­nes, sus botas Nike.[8]

Hay peladitos con tremendos hierros. Esos son pelaos que desde hace como dos años andan azotando por aquí para tumbarle las botas Nike al que se les atraviese o los mire feo. Al que tenga unos buenos pisos, no lo perdonan. Lo matan y luego marcan los zapatos con la sangre del difunto.[9]

Resultaría simplista establecer una relación causal automática entre la industria globalizada y sus estrategias de mercadeo publici­tario y la violencia juvenil en algunos sectores. Sin embargo, hay una relación múltiplemente mediada entre los imaginarios propues­tos por el mercado y los modos diferenciales de apropiación, nego­ciación y resemantización de estos imaginarios por parte de los jóvenes, relación a la que sólo puede accederse mediante la investi­gación empírica. Por lo pronto, lo que el «efecto Nike» señala es la imperiosa necesidad de trascender la especulación ensayística y visualizar la complejidad del llamado consumo cultural como un ámbito en el que se juegan muchas más cosas que la liviandad o levedad del ser. El análisis de las identidades juveniles no puede rea­lizarse al margen de una biopolítica del consumo como mediación entre las estructuras y las lógicas del capital y la interpretación cul­tural del valor. Pese a que se anuncie la «muerte de los clásicos», Malinowski había planteado ya la distinción entre las mercancías ordinarias, que son intercambiadas dentro de mercados convencio­nales, y los objetos valiosos, que sólo pueden intercambiarse entre sí y en contextos restringidos y ritualizados.

Indudablemente hay mucho de convencional en los bienes pro­curados por los jóvenes, pero en referencia a los modos de adscrip­ción identitaria, en los colectivos juveniles, son más importantes «los objetos valiosos», esos que adquieren su sentido y valor, al inte­rior de las fronteras que separan con los otros y mediante la apela­ción a ritos de muy distinta índole: marcar un zapato con la sangre del «enemigo», fenómeno que empieza a expandirse en América Latina, recuerda ciertas prácticas guerreras, en las que la posesión de alguna parte del cuerpo del vencido (el pelo, el corazón, la oreja) confería al guerrero triunfador las cualidades y fortalezas del cuer­po aniquilado y al mismo tiempo lo ostentaba como el más fuerte, el mejor. ¿Será que a la banalización del mercado y a la impotencia que produce la imposibilidad del acceso a ciertos bienes, algunos jóvenes en contextos pauperizados oponen estrategias para dotar de sentido a la carrera sin final del consumo? No hay respuestas unívo­cas. Lo que interesa aquí, en todo caso, es señalar algunas áreas para la reflexión y la investigación, en tanto que una biopolítica del consumo, entendida como la clasificación disciplinaria de los cuer­pos juveniles a través del acceso y frecuentación a ciertos bienes materiales y simbólicos, no puede abordarse desde una perspectiva apocalíptica que culpe de todo a la globalización o de otro lado, a una mirada que desestime la acción de estos mercados globalizados al centrar su atención en sus manifestaciones light y aparentemente insustanciales, y mucho menos al margen de las respuestas desde contextos históricos y sociales particulares de los jóvenes.

Una conclusión arriesgada y sin embargo bastante plausible es que el mercado se ha convertido en el «nuevo» espacio-discurso dis­ciplinador de los cuerpos (no sólo) juveniles, en la llamada era de la información. Hipótesis que puede sostenerse si se asume la perspec­tiva de Foucault en el sentido de que «el rasgo distintivo del poder es que algunos hombres pueden, más o menos, determinar por com­pleto la conducta de otros hombres, pero jamás de manera exhausti­va... no hay poder sin que haya rechazo o rebelión en potencia» (1996).

3. Las tentaciones y el cuerpo confiscado

Cuando antes de transformarse en «Evita», la siempre polémica Madonna anunció su concierto en México, no se hicieron esperar la ola de protestas que demonizaban a esta mujer como la portadora de un mensaje de perversión. La Unión de Padres de Familia, Pro-vida y otros organismos afines emprendieron una cruzada en los medios de comunicación para defender «nuestros verdaderos valo­res» mediante la apelación a un nosotros los mexicanos, homogéne­os, católicos y preservadores de la tradición. En el país, no han sido pocos los casos que se han convertido en verdaderas batallas públi­cas por la definición de lo único legítimo y tolerable en relación con ciertas prácticas culturales y sociales. Para los defensores de la moral pública, los niños, los jóvenes y las mujeres son los principa­les actores en riesgo ante el avance «implacable» de los torcidos intereses de una conjura internacional que lo mismo proviene de las fuerzas del mercado que de la teología de la liberación y que amena­za con desestabilizar la familia y desaparecer el culto católico, mediante la invitación al desenfreno sexual, el consumo de drogas y la propaganda new age.

Estas representaciones sociales no son una novedad y para ubi­carlas hay que analizar los procesos de configuración histórica tanto nacional como regional. El enemigo de las «buenas costumbres» cambia de rostro según la etapa histórica de que se trate, de los comunistas a los homosexuales, el cuerpo y el alma de los más jóvenes se ve acechado por todo tipo de peligros y amenazas. «Estamos hoy ante una gran campaña de moralización cuya veta es la "inmoralidad pública": aborto, sida, homosexualidad. El enemigo está en el corazón del capitalismo, que ya no viene de Moscú, viene desde dentro. Una vez que el comunismo ya no es el enemigo reapa­rece la crítica al capitalismo, pero desde el punto de vista moral, el materialismo que se llama moralizado.»[10]

Todo esto se conecta directamente con una de las más intere­santes paradojas de la vida contemporánea con fuertes repercu­siones para los colectivos juveniles. Al tiempo que avanzan los procesos de secularización y se desdibujan las narrativas domi­nantes en torno al cuerpo en sus implicaciones sexuales y eróti­cas, se fortalecen los dispositivos de control y vigilancia sobre los cuerpos. En términos generales, los estudiosos de la política «clá­sica» se han dedicado al análisis de la institucionalidad, a los mecanismos formales como las elecciones, los parlamentos o con­gresos, la separación de los poderes y los asuntos referentes a la gobernabilidad. En esta vertiente, lo político se identifica con el Estado, los partidos, los sindicatos. En sentido contrario, cobra fuerza una perspectiva que -aunque no siempre- vinculada al estudio de los nuevos movimientos sociales, pone el énfasis en lo político cotidiano y con frecuencia hay una sobreexaltación de la sociedad civil como un todo homogéneo y un a priori democráti­co. Hay una especie de resistencia a considerar que un movimien­to en contra del aborto, de la homosexualidad, sean también movimientos sociales que parten de esa misma sociedad civil.

Y es precisamente el principio de heterogeneidad social el que mejor permite entender los conflictos por la moral pública que suelen darse entre grupos sociales con relaciones de poder asimé­tricas, donde el Estado actúa, por lo general, como árbitro, bus­cando la conciliación de los intereses públicos en conflicto. Sin embargo, con el avance formal de la derecha, los grupos más con­servadores «se hacen gobierno» y tienden a trasladar al espacio público los parámetros y valores de una moral privada. Operación que apela a un discurso «natural» y «supraterrenal», autoevidente: Dios, la familia, las buenas costumbres, los valores de la llamada tradición, son las banderas que sirven para justificar la penalización sobre ciertas conductas y para estigmatizar a determinados grupos sociales. En los territorios juveniles, el rock, por ejemplo, ha sido asociado a las más variadas y perversas formas de «pecado», entre las que destacan el sexo desenfrenado, el consumo de drogas y el satanismo, de lo que hay que proteger a «los inocentes y vulne­rables jóvenes». Estos «argumentos» han servido para proscribir los espacios de encuentro y las prácticas juveniles, que requieren del ojo vigilante de la sociedad. El peligro que representa la ausen­cia de controles es un argumento implícito que se repite en el dis­curso de los moralizadores, que perciben en el campo de la diver­sión juvenil la intersección de los elementos que atentan contra el orden establecido y fomentan las más bajas pasiones.[11]

Lo que interesa enfatizar aquí no es sólo la persistencia sino el fortalecimiento de un discurso que asume que los cuerpos «norma­les» son aquellos que expresan una heterosexualidad controlada e hiperconsciente que está siempre amenazada por el alcohol, la droga, las prostitutas, los homosexuales, las lesbianas, los proabor­tistas y toda una gama de «identidades desviadas» que atentan con­tra un modelo de control. Cada generación ha tenido que hacer frente a la carga de terrores heredados al mismo tiempo que luchar contra sus propios demonios. El biopoder que confisca los cuerpos por vía de la satanización de todo aquello que escapa a la represen­tación del propio grupo, en vez de fortalecer la asunción crítica de la identidad, no puede sino engendrar ciudadanos temerosos y sumisos. «¿El amor al prójimo de los defensores de las "buenas costumbres" termina ahí donde empiezan sus terrores?» (González, 1993). Las preguntas a plantearse aquí pasan por los modos en que los colectivos juveniles se apropian para reproducir o impugnar estos discursos y en la experimentación de cambios en relación con una vivencia democratizadora del propio cuerpo.

4. El género, una deuda pendiente

El género en tanto concepto relacional ha permitido visualizar las diferencias socioculturales entre los sexos y ha señalado de múltiples modos lo asimétrico de esta diferenciación. No se trata de pensar el género como una noción clausurada, con bordes perfecta­mente delimitados, sino por el contrario, como un campo de inter­secciones donde lo biológico despliega con mayor nitidez su uso político-cultural. Si las culturas juveniles han hecho su entrada en el universo de los estudios socioculturales, sólo hasta hace pocos años, los y las jóvenes, como diferenciación genérica, es decir, nece­sariamente relacional, representan, salvo excepciones, una incógni­ta por despejar.

Con frecuencia y en un tono bastante cercano a «lo políticamen­te correcto» se señala la ausencia de reflexión y estudio sobre las mujeres jóvenes y se ignora que la gran mayoría de los estudios pro­ducidos hasta ahora, por lo menos en América Latina, tampoco han reflexionado sobre los hombres jóvenes. Es decir, en la literatura disponible se tiende a una generalización que invisibiliza la diferen­cia de género. Salvo honrosas excepciones, no se ha problematizado suficientemente el hecho de que los grupos y colectivos juveniles estén formados en su mayoría por varones provocando que cuando hay presencia femenina, ésta sea subsumida por un enfoque general que no atiende a las diferencias de participación, representación y expresión entre ellas y ellos.

Aceptar que en los acercamientos a las culturas juveniles ha dominado una lectura que ha problematizado de manera insuficien­te la diferencia político-cultural del género, es el primer paso hacia la construcción de un conocimiento que desvele las desigualdades y desniveles sociales engendrados por la diferencia sexual. Pero, si por mala conciencia o por la preocupación honesta, pero poco reflexiva, de avanzar en el conocimiento, los estudios sobre las culturas juve­niles caen en la trampa de trasladar, sin más, su mirada hacia las mujeres jóvenes sin considerarlas en su contexto relacional con los hombres, se corre el riesgo de mantener «la actual opacidad de la comunicación intersexual» (Heller y Fehér, 1995). Así como en los últimos años se ha logrado un avance importante al desustancializar la categoría de identidad, adoptar una perspectiva de género, supo­ne un trabajo intenso por desustancializar lo femenino y lo masculi­no, al colocarlos en la perspectiva de la diferencia y en su dimensión relacional.

En torno a las identidades juveniles hay tres dimensiones que, vinculadas a la perspectiva de género, permiten desvelar en su análi­sis la percepción, valoración y acción diferencial entre los jóvenes, análisis que debería ser anclado empíricamente en colectivos con­cretos. Estas dimensiones son: el discurso, el espacio y la interac­ción. Se trata entonces de «hacer hablar» la diferencia de género tanto al interior como al exterior[12] del colectivo estudiado, a través de la selección de campos pertinentes (política, consumo, arte, etc.) que comportan sistemas de acción y representación diferenciados que se expresan en los distintos espacios por donde transitan los actores sociales. Decir y aceptar la diferencia (que no la desiguadad) no equivale a «practicar» la diferencia. Y de lo que se trata es de entender si los jóvenes y las jóvenes en el umbral del milenio han sido capaces de generar una crítica a los presupuestos tácitos en relación con una biopolítica que ha logrado «naturalizar» la supe­rioridad y el dominio masculino.

Es sólo la observación empírica de las identidades juveniles en diálogo con el contexto sociohistórico y cultural en el que están inmersas, la que permite revelar los cambios y las persistencias cul­turales no sólo en relación con el género. Pero, en este caso, es doblemente importante, en la medida en que la inequidad, que no la diferencia de géneros, exige una vigilancia para «no transfor­mar, sin otra forma de proceso, en problema sociológico el pro­blema social planteado por un grupo dominado» (Bourdieu, 1996). Esta operación equivaldría, en palabras del mismo Bourdieu, a «condenarse a dejar escapar lo que constituye la realidad misma del objeto, sustituyendo una relación social de dominio por una entidad sustancial, una esencia, pensada en sí misma y para ella misma, como lo puede ser la entidad complementaria». En otras palabras, esencializar la identidad femenina en el intento por hacerla salir de su invisibilidad, es tanto o más grave que haber ignorado la diferen­cia o haber aceptado los patrones de medición de un mundo cen­tralmente masculino.

5. Hacer hablar los cuerpos

La biopolítica es pues un elemento de control y clasificación social, que hoy se expresa de maneras diversas que van desde la normalización mediante decretos uniformadores hasta la levedad del mercado. La sociedad incrementa los dispositivos de vigilancia sobre los jóvenes, sospechosos de darle forma a las «pluralidades confusas, huidizas». El encuentro (no sólo entre los jóvenes) es peligroso porque confiere el sentimiento de pertenencia a un gran cuerpo colectivo capaz de impugnar a los poderes. Por ello, el bio­poder busca descolectivizar: «a cada individuo su lugar; en cada emplazamiento un individuo» (Foucault, 1979). Los jóvenes son peligrosos porque en sus manifestaciones gregarias crean nuevos lenguajes y a través de esos cuerpos colectivos, mediante la risa, el humor, la ironía, desacralizan y, a veces, logran abolir las estrate­gias coercitivas.

En las sociedades contemporáneas, pese a las conquistas demo­cráticas y al indudable avance en la aceptación del cuerpo, se casti­ga el exceso, de palabras, de gestos, de sonrisas. Los niños y los jóvenes, metáforas del exceso, son disciplinados poco a poco, hasta que asumen el caminar huidizo y silencioso de los «buenos» cuer­pos ciudadanos. El espacio se segmenta para los cuerpos clasifica­dos: arriba, el gesto político que se asume superior; abajo, el cuerpo del pueblo, al que se le permite de vez en vez una inversión carnava­lesca del poder. Afuera, los cuerpos expulsados, adentro, los cuerpos asépticos y domesticados. Las clasificaciones elaboradas por la bio­política devienen exclusiones, de ahí que en el movimiento de res­puesta, muchos jóvenes busquen impugnar a través de sus prácticas y del uso del cuerpo ese orden social que los controla y excluye y, de maneras no explícitas, muchos otros se esfuercen, pese a su encanto por el mercado, por transformar el «lugar común» del consumo en un «lugar significado».

Atender las dimensiones de la biopolítica, no es sólo desvelar los mecanismos de control, exclusión y dominación, sino también hacer salir de su «clandestinidad» los dispositivos a través de los cuales los cuerpos juveniles subvierten el orden programado. Permite entender a las identidades juveniles en el entramado com­plejo y múltiple de sus interacciones. Retomo aquí el concepto propuesto por Mary Louise Pratt (1997) «zona de contacto» en sus estudios sobre las formas de relación y representación entre las metrópolis colonizadoras y las «periferias». Desde una perspectiva crítica, Pratt pone de relieve «que los sujetos se constituyen en y por sus relaciones mutuas», lo que le permite trascender en su análisis «la dinámica de la posesión y la inocencia» y mirar la rela­ción en términos de «copresencia, de interacción, de una trabazón de comprensión y prácticas, muchas veces dentro de relaciones de poder radicalmente asimétricas». Asumir este enfoque, que afortu­nadamente empieza a ser una perspectiva compartida por muchos estudiosos de las culturas juveniles, implica entender que los jóve­nes no están «fuera» de lo social, que sus formas de adscripción identitaria, sus representaciones, sus anhelos, sus sueños, sus cuerpos, se construyen y se configuran en el «contacto» con una sociedad de la que también forman parte. Al desmontar crítica­mente el sistema complejo que los construye como «jóvenes» encontraríamos que bajo esa denominación o categoría no se ocul­ta ninguna «esencia», sino que, en todo caso, en ella habitan hom­bres y mujeres que intentan construirse a partir de su relación con los otros y afirmarse en el mundo.

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Notas

[1] Un excelente análisis de estos elementos lo ofrece Richard Sennet en su libro Carne y piedra (1997).

[2] Véase a este respecto Heller y Fehér (1995).

[3] Entre un conjunto de importantes datos que José Manuel Valenzuela (1998) aporta en su estudio sobre los chicanos, la identidad y el racismo en la frontera norte de México, reporta la existencia de diversos grupos supremacistas a ambos lados de la frontera: White Arian Resistence, White Power y el juvenil Metal Militia o Sudden Death, integrado por jóvenes de 13 a 18 años que practican «juegos de guerra» en la franja fronteriza contra indocumentados mexicanos al grito de speak english or die. Véase José Manuel Valenzuela, El color de las sombras. El Colegio de la Frontera Norte/Plaza y Valdés/Universidad Iberoamericana, México, 1998.

[4] La relación entre jóvenes, medios y violencia ha sido analizada empíricamente en Reguillo (1997).

[5] En 1997, Nike reportó ventas por 5.202 millones de dólares en los Estados Unidos; para Europa, el reporte de ventas fue de 1.790 millones de dólares, mientras que en la región de América las ventas reportadas fueron de 449 millones de dólares; en esta misma zona, las ventas en 1995 eran de 230 millones de dólares.

[6] Tomado de Nike, Investor Annual Report, 1998.

[7] Sin las connotaciones que aquí se han enfatizado. Durante el transcurso de esa investigación detecté y reporté el enorme poder de seducción que ejercían los zapatos tenis de marca entre los chavos banda. Véase Reguillo (1991).

[8] Este es un testimonio del inspector Carlos Prieto, de la división de homici­dios en Caracas, recabado por Duque y Muñoz (1995: 163). «Barrio» en Venezuela equivale a favela, ciudad perdida o cinturón de miseria. «Rancho» es una casa muy pobre.

[9] Testimonio del «Carrucha» de 24 años, en Duque y Muñoz. (1995: 31).

[10] Entrevista realizada por quien esto escribe, al historiador y psicoanalista Fernando González. Una versión sintética de esta entrevista fue publicada en el diario Siglo XXI.

[11] Es importante señalar que en la medida en que el rock se convierte en una industria millonaria y diversificada (ropa, artefactos, carteles, calcomanías y estilos de vida), el conflicto pasa a otro nivel de resolución, ya que no es lo mismo enfren­tar y controlar a los grupos de jóvenes que a un mercado globalizado y en expansión. El desarrollo tecnológico que favorece y amplifica las posibilidades para las producciones culturales se inserta hoy en una lógica de mercado a la que nada, ni el rock, parece escapar.

[12] La necesidad de hacer análisis que exploren las representaciones tanto del grupo de pertenencia como de los «otros» se fundamenta en un principio socioan­tropológico que señala que los actores sociales tienden a elaborar una autopresenta­ción positiva y una presentación negativa del otro. A este respecto véase por ejemplo a Teun Van Dijk (1996: 15-43).

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